802. A mi ángel de la guarda

A mi ángel de la guarda…

 

Aquel día Teresa me llamaba, a pesar de que habíamos quedado a la mañana siguiente, para darme los resultados de una radiografía. Algo no iba bien y aunque su voz era suave y serena, un temblor la delataba: “tienes que ir corriendo a Cabueñes, tienes un neumotórax. Ve por urgencias y di que vas por indicación mía”.

Mi primera reacción fue de nerviosismo, no sabía que hacer ni donde meterme… Al fin, logré serenarme (dentro de lo sereno que puede estar uno cuando te llama el médico y te dice algo así) y me fui (me llevaron) a Cabueñes sin una idea clara de lo que tenía o de lo que podía ocurrir. Por mi cabeza pasaba el estar allí unas horas, que acabaron siendo unos días.

Al principio todo iba muy rápido, desde el teléfono de Teresa a la recepción de urgencias, de la recepción a una mesa donde te cogen los datos y donde la sola mención de la palabra neumotórax parece cambiar el semblante de los interlocutores, de allí a una camilla, de la camilla a rayos, de rayos de vuelta a urgencias, siempre bajo el estricto control de médicos, enfermeras, celadores… que hacían lo imposible en un servicio de urgencias no solo repleto, sino desbordado. Pasada la crisis inicial y estando ya bajo control, todo se calma un poco y se ralentiza. Ahora tocaba esperar a que los trámites se vayan cumpliendo para subir a mi nuevo destino: la 802.

Ya en planta, todo va más despacio y sobra tiempo para hacerse a la rutinas del hospital: desayuno, comida, merienda, cena… intercaladas con el aseo matutino, las pruebas de turno, las visitas del médico, de familiares y amigos, los pinchazos de la tarde, etc., hasta el punto que cuando alguno de ellos se demoraba dos minutos sobre la hora prevista enseguida saltaban las alarmas ¡dónde está la merienda!, aunque finalmente siempre llegaba fiel a su cita. De todas las rutinas, os hablaré de dos, para no aburriros: en primer lugar la de la enfermera de la tarde, ¡la del pinchazo!, a la que por supuesto no invité a gominolas, pues venía a enturbiar mi paz con su aguja. A pesar de ello está más que perdonada pues cumplía con su cometido y lo hacía bien. La segunda de las rutinas es la de media mañana, la de la visita del médico, que ansiosos esperábamos con buenas nuevas, con avances en los tratamientos y ya en los últimos días incluso con el alta hospitalaria.

Habría mucho más que contar, pero prefiero dejaros esta selección fotos de mi paso por el Hospital de Cabueñes y que forman parte del libro “802″. Pincha aquí para ver el libro digital, o aquí para el audiovisual

 

Dedico este proyecto a los médicos, enfermeras, celadores…
a mi ángel de la guarda,
que con gran profesionalidad, entusiasmo,
cariño, mucho amor y una gran sonrisa,
están ahí cuando los necesitas.
 
 
 
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